No estoy deprimido, no. Simplemente quiero esbozar unas ideas acerca de esa línea finísima, divisoria entre nuestra existencia y ese otro concepto absolutamente desconocido por todos y cada uno de los individuos de todas y cada una de las especies del mundo, la muerte. Y lo intentaré conectar con derechos de las sociedades avanzadas como la votación y la manifestación pública. En síntesis, que es más difícil.
En realidad, de la muerte, como del nacimiento, naturalmente no se tiene noticia alguna (por parte del protagonista) ni, por por tanto, mucho menos atribución de cualquier tipo. No, la muerte es absolutamente opaca, impenetrable, por definición. Por tanto, ¿por qué ese miedo a caer en ella?
En este sentido, pienso que, en general, lo cierto es que no se tiene miedo a la muerte en sí, sino a la pérdida de la vida. Que no es exactamente lo mismo, claro. Así, suele tenerse un miedo horrible a perder esto que se conoce, y no a llegar a aquello que se ignora de manera total.
Lo cual no deja de ser, en principio, sorpresivo, dado que la inmensa mayoría de la humanidad padece, más que disfruta, la vida. Pero, ni ricos ni pobres, ni "triunfadores" ni "perdedores" sociales suelen querer morir. Lo normal es que intenten alargar su vivencia hasta donde se pueda.
Luego, si esto es lo que hay que se sepa (con independencia de la fe en otra vida, siempre respetable), parece procedente y de sentido común que la ciudadanía no se contente con dejar a otr@s que le arruine la existencia.
Luego, si esto es lo que hay que se sepa (con independencia de la fe en otra vida, siempre respetable), parece procedente y de sentido común que la ciudadanía no se contente con dejar a otr@s que le arruine la existencia.
Por todo ello, me parece descorazonador que aún haya gente que se quede en su casa esperando que las cosas se arreglen por sí solas. La vida es corta, y ni existen amos, ni líderes incontestables. Cuando los ciudadanos entienden que están siendo atacados por aquell@s en quienes han delegado el poder, pueden rebelarse, sin duda alguna. Uno de los métodos es el no votarles en la siguiente oportunidad, e incluso votar a quien más daño les haga. Y otro, que no invalida al anterior, echarse civilizadamente a la calle a protestar.
Por eso, porque ni estoy muerto, ni deseo que me pastoree nadie en esta vida que es un suspiro, obraré en consecuencia. Me manifestaré, iré a la huelga y votaré a quien más daño haga a aquell@s que más daño me hacen a mí y, a mi modo de ver, a mis congéneres. O, para mejor decir, a la inmensa mayoría de éstos, porque los hay, como sabemos, que salen altamente beneficiados de la infelicidad cuasi general.
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