viernes, mayo 11, 2012

El error garrafal de UPyD

Lo vengo escribiendo desde hace tiempo. UPyD, el partido inventado por Rosa Díez, antigua militante del PSOE, no podía seguir con esa ambigüedad calculada, a modo de partido transversal, en una España actual que exige, muy al contrario, claras definiciones del modelo a seguir, del paradigma elegido.

El PP, y con él todos y cada uno de los partidos de derecha en sus distintas intensidades, no lo niegan: desean este sistema capitalista, para bien y para mal. En la izquierda, el PSOE, si bien sería deseable que, aquí y ahora, explicitara de una vez que desea cambiar ese paradigma, históricamente suele -con mayor o menor fervor-  apostar por igualdad, libertad y solidaridad, lo cual obviamente no se conseguirá sin un cambio del mentado paradigma. Éste, es atacado de manera más frontal por IU y otras formaciones de izquierda, nacionalistas o no.

Mientras, UPyD, anda escondida en una suerte de centro político que, en realidad y con la distribución actual del electorado, vive sobre todo de votantes socialistas moderados y desilusionados con el PSOE y mucho menos de electores conservadores que no terminan de digerir el votar al PP.

Así las cosas, si UPyD opta, como parece, por propiciar un gobierno de derechas en Asturias, incluso cuando el partido más votado es el socialista, sus cartas estarán ya echadas: perderá muy significativamente los votos progresistas (que, al final, caerán en la cuenta de que el magenta es un color conservador) y lo tendrá muy mal para arrancar los votos necesarios al PP como para subsistir. Error de cálculo, error garrafal. Que, en un partido incipiente como es UPyD, recuerda el suceso de aquel CDS de Suárez que, por razones probablemente muy humanas, tras mostrar una y otra vez el intermitente a la izquierda, giró bruscamente a la derecha, verbigracia, el Ayuntamiento de Madrid.

De manera que la formación UPyD depende exclusivamente de sí misma. Esta sí que es la hora de la verdad para Rosa Díez y sus compañer@s. Se la juegan en Asturias. Ni la dialéctica de su máxima representante, ciertamente loable, podrá doblegar la percepción ciudadana de lo que parece avecinarse.


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