Me pilló justamente en Torremolinos, con unos amigos, estábamos pasando allí -con poco dinero- media semana santa, de miércoles por la tarde, que salimos de Madrid, a domingo de resurreción. Fue como una bomba. Ninguno de ellos se dio cuenta de lo importante del suceso y, como yo insistía muchísimo, al final les tuve que explicar lo siguiente:
La legalización del PCE era la auténtica prueba del 9 de la democracia que se iniciaba. Suárez, les decía, no estará muy, muy preparado, pero es listo como el hambre. Esto traerá un levantamiento de la ultraderecha, les argumentaba, pero no tiene nada que hacer, esto no lo para nadie.
Tanta era mi efervescencia con el asunto, que tuve que recordarles que yo no militaba en el PCE y que ni siquiera era comunista, que como sabían era (y sigo siendo) una suerte de libertario socialista, implicado hasta las ingles desde incluso antes de aquel 1977. Pero no con el PCE. De ahí, mi mayor credibilidad con mis amigos.
Poco después, el PSOE de Alfonso Guerra y Felipe González (yo siempre prefiero este orden), dio la sorpresa y se situó como primera fuerza de la izquierda, por delante y a gran distancia del PCE liderado por Santiago Carrillo, otro de los artífices, con el mentado Suárez, Guerra y algunos más, del encaje de bolillos que suponía entrar en democracia desde la dictadura y sin violencia. Aunque, naturalmente, el gran protagonista y quien tuvo la última palabra fue el pueblo.
Tras aquella noticia y mi explicación, nos seguimos dedicando a lo nuestro en aquellos cuatro días, disfrutar en lo posible de aquel paréntesis que significaba entrar en contacto con otr@ jóvenes extranjer@s. Para mí, que acababa de llegar de Escandinavia, referencia inexcusable para cualquier demócrata progresista de aquellos años, era en realidad un punto y seguido.
Pues bien, en nuestros días, como en toda la transición (e incluso antes) y sin olvidar otras opciones minoritarias a escala nacional, el socialismo español (PSOE, aunque convivió al principio con el inolvidable PSP de Tierno Galván) y el comunismo junto a otras tendencias enfáticamente progresistas pero no comunistas (IU), siguen como los vecinos regañados, saludándose como mucho y votando juntos cuando no hay más remedio. Pero desconfiando mutuamente una parte de la otra -del mismo tronco de la izquierda, conviene recordarlo- en el día a día, en una estrategia común y, en fin, en abordar de una puñetera vez lo que la inmensa mayoría de los ciudadanos progresistas pide: cerrar filas para que la derecha no gane.
Los penúltimos acontecimientos en este país no han ayudado, hay que reconocerlo, a esa unión. No es de extrañar que IU eche pestes del año y medio final del gobierno de Rodríguez Zapatero. Pero los últimos sucesos, esto es, el triunfo colosal del PP ocupando el gobierno de la nación y el de la inmensa mayoría de comunidades autónomas y de ayuntamientos, y sobre todo la parición de la agenda oculta conservadora, sin parangón tan negativo para la ciudadanía (y en tan poco tiempo) en toda la historia democrática de España, debe ser -en mi opinión- el elemento precipitador de la unión estratégica de la izquierda. No sé si en una sola formación, como ya he escrito en repetidas ocasiones, o al menos en coalición perenne, para elecciones y para gobernar. Así sea. Y así, la legalización del Partido Comunista de España, hace treinta y cinco años, todavía serviría para más.
Pues bien, en nuestros días, como en toda la transición (e incluso antes) y sin olvidar otras opciones minoritarias a escala nacional, el socialismo español (PSOE, aunque convivió al principio con el inolvidable PSP de Tierno Galván) y el comunismo junto a otras tendencias enfáticamente progresistas pero no comunistas (IU), siguen como los vecinos regañados, saludándose como mucho y votando juntos cuando no hay más remedio. Pero desconfiando mutuamente una parte de la otra -del mismo tronco de la izquierda, conviene recordarlo- en el día a día, en una estrategia común y, en fin, en abordar de una puñetera vez lo que la inmensa mayoría de los ciudadanos progresistas pide: cerrar filas para que la derecha no gane.
Los penúltimos acontecimientos en este país no han ayudado, hay que reconocerlo, a esa unión. No es de extrañar que IU eche pestes del año y medio final del gobierno de Rodríguez Zapatero. Pero los últimos sucesos, esto es, el triunfo colosal del PP ocupando el gobierno de la nación y el de la inmensa mayoría de comunidades autónomas y de ayuntamientos, y sobre todo la parición de la agenda oculta conservadora, sin parangón tan negativo para la ciudadanía (y en tan poco tiempo) en toda la historia democrática de España, debe ser -en mi opinión- el elemento precipitador de la unión estratégica de la izquierda. No sé si en una sola formación, como ya he escrito en repetidas ocasiones, o al menos en coalición perenne, para elecciones y para gobernar. Así sea. Y así, la legalización del Partido Comunista de España, hace treinta y cinco años, todavía serviría para más.
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